jueves, 29 de marzo de 2012

Estancia en el Titanic: 29 de marzo


Hoy estoy muy contento. Voy a darle una sorpresa a Erika. Nos vamos de viaje a nueva York, ¡en el viaje inaugural del Titanic, nada menos! No puedo evitar sonreir. Me ha costado muchos esfuerzos ahorrar para este viaje pero vale la pena solo por ver la carita que pone. Estoy tan enfrascado en mis pensamientos que casi me atropella un carro de caballos.

- ¡Mira por dónde vas!

Me quedo con cara de tonto viendo como el carro se aleja. Debo tener más cuidado o le acabaré dando la sorpresa desde el hospital. Voy de camino a la casa de Erika pero decido detenerme antes en la tienda de un amigo, importador de productos americanos. Sabiendo lo mucho que le gustan los dulces a esta chica seguro que me lo agradece.

- ¡Hey, Benjamin! Buenos días

- ¿Qué tal, Francis? Pareces muy contento esta mañana

Rapidamente le pongo al corriente.

- Ah... así que un viaje a América. Los dos solitos. Pone una mirada socarrona. Picarón...

- ¡Oye, tampoco te hagas ideas raras! Solo somos buenos amigos

- Sí, claro. Benjamin entrecierra los ojos dejando claro que no se lo traga. Ya me gustaría a mí tener amigas así.

Debo de haberme puesto rojo como un tomate porque da unas pequeñas risitas antes de cambiar de tema.

- Bueno, entonces, ¿qué te pongo? ¿una caja de wafers?

Pone cara de haber recordado algo.

- Ah, espera un momento.

Se interna por un momento dentro de la tienda dejándome con la duda y reaparece varios segundos más tarde con una caja.

- Son unas galletas nuevas. Me han llegado hace apenas dos meses. Se llaman oreos. Las he probado, están bastante buenas.

Me fijo en la caja. Al parecer están hechas por dos capas de chocolate negro del fuerte y una capa interior de crema de vainilla. Las galletas en sí mismas tienen un aspecto un poco raro. Son irregulares, como si tuvieran bultos. Cuando se lo hago ver me mira con cara divertida.

- Nada es perfecto en esta vida, muchacho. Ahora que lo dices se parecen un poco a las galletas Hydrox que empecé a comercializar hará unos tres o cuatro años.

- ¿Las hacen con hidrógeno? Porque vaya nombre para unas galletas

Benjamin se pasa la mano por la barbilla, pensativo.

- Pues no lo sé, pero no me extrañaría nada. Si me lo preguntas prefiero estas que te he sacado, las otras tienen un sabor un poco más fuerte.

Decido comprar dos paquetes. Me comeré algunas de camino. Parecen estar buenas. Seguro que a Erika le gustan. Además se me hace curioso lo de galletas en plan sandwich.

- Marchando dos de galletas para el caballero.

Su casa no queda muy lejos de aquí. Tan solo tengo que cruzar un par de calles evitando interponerme entre los coches y los carros. En cosa de media hora, tal vez un poco más, llego a la imponente mansión. Erika me recibe con su habitual y forzada expresión de impasibilidad.

- Toma, las he comprado de camino.

- ¿Esta es la gran sorpresa de la que hablabas por teléfono? Erika me atraviesa con la mirada como si tuviera cuchillos en los ojos.

- No, por dios. Tengo que hacer esfuerzos por no reirme, lo que la pondría aún de peor humor. La sorpresa es que ¡nos vamos de vaciones a Nueva York! ¡¡Con una estancia de segunda clase en el Titanic!! Hago aspavientos al decir esto. No es para menos.

A Erika se le esfuma la cara de palo y se le planta una sonrisa de oreja a oreja que no le había visto nunca. Ni siquiera al resolver alguno de sus casos más difíciles. La chica da un salto en el aire de la emoción levantado los brazos. Parece una niña pequeña al encontrar la casita de chocolate. Se da cuenta de que la estoy mirando fijamente y trata de recobrar la compostura. Carraspea intentando poner su cara sin emociones, sin lograr gran cosa, y se dirige a mí.

- Está muy bien pero oye, ¿De dónde has sacado el dinero? No te habrás quedado con alguna de las joyas de la duquesa. Ya sabes, aquella que vino a pedirme ayuda hace unas tres semanas.

- Claro que no. Simplemente me han pagado muy bien ultimamente por mis relatos y creí que debiamos aprovechar y darnos un capricho por una vez.

- Bueno, entonces debemos empezar a preparar nuestro equipaje.

- Espera, quieta. Casi me rio a carcajadas. Se le nota la impaciencia mucho más de lo que quiere denotar. No zarpamos hasta el 10 de abril.

- Doce días quedan, entonces. Bueno creo que tenemos tiempo suficiente de comer algo antes de que me ayudes a meter mis vestidos en las maletas. ¿De qué decías que eran esas galletas?

Ambos sonreímos muy contentos. Unas vacaciones son precisamente los que nos hace falta. Nada de casos de asesinato ni robos ni nada eso, y quien sabe, a lo mejor hasta me sirve de inspiración para escribir un nuevo relato.

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